Larga ausencia de ti.

Se puede soñar un mundo mejor... pero si despierto ya no estás.

martes 16 de febrero de 2010

Bajo la nieve.



Toda la ciudad estaba blanca. La nieve caía lenta y pesada, como si en el cielo hubiera estallado una guerra de almohadas.

La nieve crujía bajo mis pies con cada paso y, de vez en cuando, sentía el tímido beso frío de un copo en la punta de mi nariz. Junto a la parada de tranvía había un hombre sosteniendo un ramo de flores. Se acercaba la noche de San Valentín.

Me senté y miré distraído los coches pasar cubiertos de nieve, las rodaduras del tranvía sobre la calle, como heridas abiertas que no llegaban a cicatrizar de blanco. La figura de aquel hombre permaneció quita.
Llegó un tranvía que no convenía a mi destino. Tampoco al de aquel hombre. Miré con más atención y comprobé que tenía bastante nieve ya sobre sus hombros y que las flores empezaban a ser apenas ascuas rojas bajo la ceniza invernal. Era de noche, no muy tarde aún.

Como pasatiempo, empecé a imaginar la historia de aquel hombre. Cómo sería la chica a quien iba dirigido aquel ramo de flores, cuánto tiempo llevaban juntos, cual sería la reacción de ella al verlo llegar… me di cuenta de que cada detalle que inventaba para ellos era, cada vez más, parte de la historia que nunca podré contar de ti y de mí. Pero dejé volar mi imaginación igualmente, al ver nuestra historia como parte de la vida de otro también empezaba a sentirte menos.

Estaba enfrascado de tal manera en los detalles, que sólo reaccioné al ver partir el tranvía que debería haber cogido. El hombre no había hecho el más mínimo amago de moverse. Decidí que aprovecharía el tiempo hasta el siguiente tranvía para continuar deshaciéndome de ti y de tus recuerdos volcándolos sobre aquella figura anónima, portadora de flores para su amada anónima.

No obstante, el frío me afectaba. Sentí un tanto entumecidas las piernas y opté por moverme un poco. Distraído, me acerqué al poste informativo para comprobar el horario. De reojo, intenté alcanzar a ver algún detalle más de aquel individuo. Disimulando, caminé en su dirección, mirando a cualquier parte con afán de pasar desapercibido.

Cuando estaba a apenas tres pasos de su lado, comencé a distinguir el sobre entre las flores y la nieve. En lo que tardé en dar el siguiente paso, por mi cabeza ya habían pasado una docena de posibles frases que podrían haber estado escritas en la tarjeta. Sin embargo, el siguiente paso tendría que esperar. Estaba casi a su lado y ya podía leer sin problema el nombre que en aquel sobre estaba escrito.

Lo leí tres veces, sin dar crédito. Tu nombre estaba en aquel sobre y en la cara de aquel hombre, lágrimas congeladas recibían nuevas lágrimas tibias que iban a morir dejando brillantes surcos en aquella cara, lágrimas cargadas con mi dolor, mis penas, tu ausencia, el aroma de tu pelo, el roce tu piel, el sonido de tu voz y la música de tu risa, cada momento cogidos de la mano, cada beso, cada mirada… todo aparecía en aquel rostro que murió esa noche de San Valentín.

viernes 5 de febrero de 2010

El charco


Era un día normal. Casi soleado después de varios días de lluvia. Y yo caminaba un tanto distraído, intentando averiguar si el sol conseguiría hacerse un hueco más grande entre las nubes o no.

Y se acabó la acera. Tuve que pararme y mirar. Ante mí estaba yo, en suelo. Reflejado en un enorme charco. Me hizo gracia verme. Me gustó. Pero tenía que llegar al otro lado.

La verdad es que pensé en rodearlo, no sería muy complicado, sería más seguro... sería menos divertido. Así que intenté calcular velocidad y fuerza que necesitaría para superarlo con éxito. En realidad, tardé poco tiempo en darme cuenta de que no alcanzaría el otro lado. Era inevitable. Pero una parte de mí no se resignó a aceptar esa realidad. Pensé:

"Ya antes has intentado saltar otros charcos". Y eché cuentas... y comprobé que, en realidad, las veces anteriores que lo había intentado, había caído.

Pero también pensé:

"Que hayas caído antes en un charco, no significa que tengas que volver a caer. Y has aprendido algo las veces anteriores".

Así que, decidido a tener éxito esta vez miré, corrí, dí un paso en falso, dudé una vez, retrocedí y salté.

Y volé.

Volé con los ojos cerrados y sentí la brisa en mi cara. Sentí la ingravidez por un momento. Llegué incluso a verme reflejado y comprobé que en mi cara estaba dibujada una sonrisa.

Y finalmente, ese instante ingrávido terminó. 

Terminó como termina una buena película cuando por accidente se quema el rollo. Siempre arde en el mejor momento, cuando mejor está la historia.

Terminó, mi mágico instante de sonrisa aérea. Terminó como se termina el sueño del que va primero en una carrera y descubre, a escasos metros de la llegada, que ya no le quedan fuerzas para otra cosa que no sea desmayarse.

Terminó mi salto. Y caí, no sólo de vuelta a la realidad, sino completamente en el fondo del charco. Y al mirar, sólo vi mierda. Barro. Agua sucia que empapaba mis piernas, salpicaba el resto de mi cuerpo y me hacía sentir inútil, patético, absurdo.

Lentamente salí de aquel pozo de desilusión. Pero siento mis pantalones cargados, pesados... siguen cargados de aquel barro, de aquella mierda... y no sé cuánto tardarán en secarse y dejarme volver a caminar tranquilo, distraído, mirando al cielo para ver si el sol ha conseguido hacerse un hueco entre las nubes para calentar tibiamente mi frente.