Larga ausencia de ti.

Se puede soñar un mundo mejor... pero si despierto ya no estás.

domingo 17 de agosto de 2008

-¿Hola, estás ahí?

- ¿Hola? ¿Estás aquí? - y esas fueron sus últimas palabras. Unos labios carnosos se pegaron a su boca, una lengua ávida de placer entró en búsqueda del roce con su lengua y unas manos ansiosas agarraron su cabello. Los dos cuerpos cayeron sobre el colchón en mitad de la habitación a oscuras mientras la puerta quedaba entrecerrada a su espalda. Entre los besos apenas había espacio para las risas o los jadeos, pero sus manos no dejaban de decir cosas. Ella daba las gracias por cada momento a su lado, le reñía por el susto que acaba de darle y le castigaba sin besos una semana. Él le decía cuánto la amaba, cuánto le hacía sonreir y bromeaba sobre la cara de susto que ella había puesto al sentir su abrazo desde la oscuridad. Sus caricias tiernas se burlaban de aquellas tímidas y nerviosas del primer encuentro en el parque. Sus besos evocaron tantos besos pasados, escondidos en cada rincón por no ser descubiertos. Sus sexos se encontraron por primera vez con la sensación de ser el uno del otro desde hacía mucho tiempo...
Se amaron. Toda la noche.
El alba despertó a una pareja que debía decirse adiós sin dejar caer una lágrima, derramando luz sobre sus cuerpos desnudos, abrazados, al final de una muda despedida que ninguno de los dos estaba dispuesto a aceptar.

En la mesilla...

En la mesilla de noche reposaban el reloj, un libro viejo y un paquete de cigarrillos. Recogió sus bragas, los zapatos y el vestido y salió de la habitación. Mientras terminaba de colocarse el pelo lo más decentemente posible que se podía permitir, un beso en el hombro la sorprendió:
- Eres mala.
- Tengo cosas que hacer y tú lo sabes mejor que nadie -respondió, con un tono mezcla de broma y de reproche.
- Y tú sabes que estas siestas conmigo te ayudan a estar descansada -besó su hombro-, relajada -acarició su vientre-, ¡y al cien por cien! -la giró completamente y besó su boca.
- ¡Suelta! -ella se giró para mirarse de nuevo en el espejo y comprobar que ese movimiento brusco de antes no había estropeado su peinado - Ahora no estoy para juegos. Me voy, ya te veré -se paró para besarle la nariz y hacerle cosquillas-. Ya sabes que te veré - y guiñó el ojo.
Él caminó a su lado hasta la puerta y la despidió con un beso que le supo igual que intenso y gratificante que el primero, a escondidas, entre las estanterias de la biblioteca.
- Estudia mucho, cariño... y, por favor, ¡no vuelvas a llegar tarde a mi clase! Que últimamente no sé qué harás -sonrió y le guiñó un ojo- pero llegas siempre retrasada y como acalorada -las carcajadas de ambos salieron del entresuelo escaleras abajo y resonaron aún mientras ellos se daban el último beso del día pero el primero de muchos más.