Larga ausencia de ti.

Se puede soñar un mundo mejor... pero si despierto ya no estás.

domingo 30 de septiembre de 2007

Ojalá

Ojalá pudiera odiarte por todo... pero te recuerdo y sólo puedo sonreír, a pesar de todo. Y veo a nuestro hijo, esencia de los dos que me mira y aprende con todo lo que le rodea. Y me lo cuenta de tal manera que parece que hasta el aire se le acaba.
Es una maravilla y no dejaré de darte las gracias por ello.

Si pudiera odiarte podría olvidarte antes. Pero no puedo. Y tampoco quiero olvidarte. Desde aquí, a la nada o donde estés, GRACIAS.

sábado 29 de septiembre de 2007

¿Para qué?

¿Para qué me callo si con la cara lo digo todo? ¿Para qué te evito si te pienso constantemente? ¿Para qué trato de olvidarte si ya sé que todo intento es vano?
¿Para qué vivo... si sin ti ya he muerto?

jueves 27 de septiembre de 2007

El cuento de esta noche.

Hoy ha soplado el viento toda la tarde y aún aullaba al acostarnos así que el niño me ha pedido un cuento. Después de pensar un poco, empecé a hablar y la historia surgió sola. Me gustó, por eso la recuerdo bien y vengo a transcribírtela.

Ainara vivía en un bonito pueblo. Allí tenía un parque donde jugar, un jardín donde dormir al sol mirando las nubes al pasar, una escuela a la que asistía con sus dos mejores amigas... En aquel pueblo, Ainara siempre estaba sonriendo y dormía feliz.

Pero un día algo cambió. Cayó una fuerte lluvia y la tierra de un monte próximo corrió y manchó un par de calles del pueblo completamente. Además, el bosque quedó afectado y los animales empezaron a merodear el pueblo. La gente dejó de salir a la calle y Ainara ya no sonreía.

Pasaron los días y la situación no mejoraba. Mal tiempo y animales salvajes rodeando el pequeño pueblo. Ainara se sentía cada vez más débil, más triste, angustiada... y pensó en huir. No quería dejar atrás todo lo que más quería, pero se estaba muriendo de pena y no aguantaba más.

Lloró mucho mientras cogía el equipaje y no volvió la cara con sus ojos enrojecidos al dejar a su espalda su pueblo, el lugar donde tan feliz había sido.

La vida en la cuidad fue muy dura al principio, extrañaba todo cada día, pero pensar en las calles embarradas, el miedo cada noche a que los animales entraran al pueblo... la entristecía y sabía que no quería estar ahí, que no quería sufrir.

Tras no mucho tiempo, Ainara ya sonría casi todo el tiempo. Aprendió muchas cosas y comprendió cómo eran las cosas en el mundo. Se sintió orgullosa de haber salido de aquel pueblecito, de haber crecido, de ser mayor.

Pero un día, volviendo a su casa de ladrillo, se vio en un charco reflejada. Y se miró a los ojos. Un destello sobre el agua la cegó por unos segundos y a su mente llegó el recuerdo del sol de su pueblo. Y su cabeza se llenó de recuerdos, del verde del jardín, de los juegos en el parque, de las risas de la escuela... Ainara descubrió que detrás de todo aquello que la había aterrado y entristecido... estaba todo lo que la hacía realmente feliz.

En cuanto llegó a casa dejó sus cosas y emprendió el camino de vuelta al pueblo. Quería volver a sentirse como antes se había sentido y ya sabía cómo y dónde sería eso.

El pueblo aún tenían sombras de barro en algunas paredes y habían tenido que cercarlo, pero Ainara lloró mientras recorría sus calles. Y lloraba de alegría. Los suyos la estaban esperando con los brazos.

Y se empeñó en recuperar aquel lugar de su felicidad. Así que limpió las calles del barro, desbrozó bosque y eliminó las cercas de espino. En poco tiempo, con su esfuerzo y el de los que la querían ver feliz, el pueblo lució hermoso, más aún que antes.

Y Ainara, sentada en el jardín al atardecer, se dió cuenta de que aquello que tantos problemas le había causado la había hecho obligarse a irse lejos, a huir, pero que gracias a esa distancia había podido verlo todo con claridad, crecer, confiar en sí misma y volver para encarar sus problemas, resolverlos y disfrutar de lo que tanto había querído.

"Por suerte -se repetía-, abrí los ojos y supe lo que tenía que hacer". Luego, sonreía y se dejaba mecer por la dulce brisa en los brazos de su lugar querido.


Al terminar descubrí que la historia me la había estado contando a mí, para comprender, para tener esperanzas. No usé tu nombre para no confundir al niño... pero en mi cabeza sonaba, y la cara de la niña era la tuya, su sonrisa era la tuya... Esperaré. Esperaré a que vuelvas de dónde hayas tenido que irte...

miércoles 26 de septiembre de 2007

¿En el pasado o en otro lugar?

Yo quisiera volver a encontrar la pureza
nostalgia de tanta inocencia que tan poco tiempo duró.
Cuando la pena cae sobre mí
quiero encontrar aquello que fuí.
Miro hacia atrás y busco entre mis recuerdos.
Vuelvo hacia atrás y busco entre mis recuerdos.

martes 25 de septiembre de 2007

El televisor en silencio.

Muriendo por dentro

La pantalla parpadea con imágenes que ya ni me esfuerzo en comprender ni recordar, en el silencio de la noche. No quería despertarlo con el ruido de lo que sea que están poniendo, está mejor durmiendo (y tal vez soñando contigo) que soportándome así.
Perdóname por no ser fuerte, por llamarte en silencio, por buscarte a cada instante; por mirar hacia la puerta, el teléfono, el móvil... perdóname por no ser capaz de aceptar que ya no estás.

lunes 24 de septiembre de 2007

Tarde soleada.



Salió el sol. Por fin. Decidí bajar al parque, dar un paseo y leer algo, siempre con un ojo puesto sobre él.
Tu hijo recogió varias flores y cuando pensé que me las iba a dar en un ramito, hizo un montón, me sentó a su lado en el suelo y dijo:
- ¡hay que comer ensalada, que es muy sana!
Por una fracción de segundo te odié. Pero sonreí y le abracé. Y de algún modo sentí que estabas cerca en ese momento.

domingo 23 de septiembre de 2007

Paredes




Y en cada pared escribiré que te quise, con tiza, rotulador o sangre. Y la cuidad amanecerá con tu nombre en toda fachada. Y no servirá de nada... pero mi corazón sonreirá de nuevo por un pequeño instante.

viernes 21 de septiembre de 2007

Calendario

Día sí, día también tu imagen vela el sueño de nuestro pequeño. Se duerme mirándote. Aun llora dormido y muchas noches tengo que ir a abrazarlo para que olvide sus pesadillas.
Cuando vuelve a dormirse, soy yo el que llora entonces.

jueves 20 de septiembre de 2007

En el camino de vuelta a casa



Mi hijo no dejó de tirarme de la manga hasta que me paré, me volví y le pregunté:
-¿qué pasa?
- Mira -su manita de cinco años señalaba el cielo- no hay luna. Es de noche, no está -frunció el ceño y quedó cabizbajo-. Me falta mucho la luna -farfulló finalmente entre dientes.
Lo apreté contra mí y despeiné sus cabellos con un gesto con la mano. Miré al cielo púrpura buscándote a ti y pensé: tú me faltas mucho.

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